El arquitecto de Dios
Celebramos el centenario de Gaudí con la reedición de su biografía más completa, firmada por el reconocido historiador Gijs Van Hensbergen. A continuación, compartimos el prólogo de esta edición.
Escribir un prólogo para la nueva edición de la biografía Antoni Gaudí me brinda una oportunidad para la reflexión. También supone una oportunidad largo tiempo esperada para reconocer y rectificar algunos pecados de omisión por mi parte y actualizar el estado en el que se encuentran los estudios y la obra en construcción de Gaudí.
Hay ciertas cosas que nunca cambiaría, pues la primera edición fue fruto de su tiempo. La dedicatoria a mis tres hijos, que han crecido a mi lado, que tantas satisfacciones y tanto apoyo me han proporcionado, la tengo grabada a fuego y nunca pasará de moda. Lo mismo ocurre con el resurgimiento de una amistad de la infancia con la hermana teresiana Rosa Bargalló, que vivía en su espacio Gaudí en la intimidad de la oración y la contemplación.
Sin embargo, la Sagrada Familia ha avanzado en su construcción a un ritmo que nadie habría sido capaz de prever en 2002. Se continúan batiendo récords. El 30 de octubre de 2025 la Sagrada Familia fue declarada la iglesia más alta del mundo, superando a la de Ulm, en Alemania. Está previsto que su torre central, la de Jesucristo, con sus vertiginosos 162 metros actuales, alcance los 172 metros definitivos.
Entretanto, la reputación de Gaudí se ha visto catapultada y ha pasado de su papel de simple y estrafalario excéntrico a ser reconocido como uno de los creadores más singulares de la historia de la arquitectura mundial. Su visión, paradójicamente, se considera antigua y moderna; medieval y, al mismo tiempo, cien años adelantada a su época, y relevante para el siglo xxi.
Muchas contribuciones importantes a los estudios sobre Gaudí llegaron demasiado tarde para añadirlas a mi texto original, algunas de ellas por tan solo unas semanas.
Recuerdo como si fuera ayer el momento en que me encaminé hacia Els Jardinets, los jardines de Salvador Espriu, para mi primera firma de libros un día de Sant Jordi. En el escaparate de una vieja y polvorienta librería que cerró hace tiempo vislumbré un libro sobre Comillas, escrito por María del Mar Arnús, que pintaba fascinante. Llegaba temprano a la firma, de modo que pedí un café en Gran de Gràcia y me senté a leer. Era brillante e incisivo, y la contribución de Gaudí al modernismo en Comillas se describía a la perfección, con vistosidad y maestría. Busqué a María del Mar en la guía telefónica y la llamé para decirle que lamentaba no haber podido incluirla, pero que admiraba de verdad su obra.
Mi primera firma de ejemplares ante la Casa del Llibre en el Passeig de Gràcia fue un baño de humildad. Me situaron junto a Eduardo Mendoza, quien hace solo unos meses, este 2025, ha recibido merecidamente el prestigioso Premio Princesa de Asturias de las Letras. Ya era famoso en aquel entonces, en 2002, y su larga cola de cuatrocientos admiradores serpenteando por el Eixample eclipsaba a mis escasos diez devotos de Gaudí, si bien me sentí agradecido por cada uno de ellos. Incluso alargando las respuestas a sus preguntas y recreándome en los detalles, con la esperanza de que más admiradores de Gaudí se unieran a mi fila, la cosa duró tan solo un doloroso cuarto de hora. Con su fino sentido del humor, Eduardo me hizo el pícaro ofrecimiento de que lo ayudara a firmar sus propios libros, visto que yo andaba corto de compradores.
El historiador barcelonés y auténtico banco de memoria de la Ciudad Condal Lluís Permanyer me fue también de enorme ayuda a la hora de comprender su compleja historia. Me encantaba ver su melena blanca serpenteando entre la multitud del Passeig de Gràcia cuando se abría paso hacia mí como si fuera el Rey León. Otro puntal del periódico nacional catalán La Vanguardia era el novelista Sergio Vila-Sanjuán, que tuvo la generosidad de facilitarme el acceso a los archivos. El mundo de Gaudí en términos académicos es, en realidad, todavía relativamente pequeño.
Mi admiración por el talento y la originalidad extraordinarios de Juan José Lahuerta es incondicional. Universo Gaudí, su catálogo y exposición de 2002, y su estudio del contexto histórico y artístico en Antoni Gaudi. Fuego y cenizas son fundamentales para acercarse al enigma de su figura. En fecha más reciente, en 2022, su impresionante retrospectiva de Gaudí en el Museo de Orsay sería pionera, provocadora y enormemente esclarecedora.
Pasando de lo macro a lo micro, la obra de Mireia Freixa y Marta Saliné sobre el trencadís resulta de lo más innovadora. La decoración con azulejos en Cataluña se asienta sobre una base romana, bizantina y, en particular, morisca. Pero Gaudí, con su estilo inimitable, lo replanteó por completo. Robert Hughes ya había sugerido la idea de que Picasso, al ver las espectaculares chimeneas de Gaudí en el Palau Güell frente a su estudio en las Ramblas, había absorbido de manera subliminal la ruptura del espacio. Hughes, siempre provocador y de ingenio tan afilado como una navaja suiza, dio en el clavo. Desde su púlpito en la revista Time se dedicaba a pontificar y rara vez resultaba aburrido. Al replantearse el mosaico modernista, Gaudí, en opinión de Hughes, había fracturado la integridad del duro azulejo para permitir que cubriera una superficie curva, con un efecto brillante. Era cubismo antes del cubismo, algo completamente revolucionario.
Gaudí fue radical en muchos sentidos. Antes de su muerte en 1926, había encendido la mecha que desencadenaría una ruta potencial hacia un estilo gaudiniano posmodernista pleno: un estilo construido sobre la curva catenaria. La Casa Comalat, de Salvador Valeri i Pupurull, junto a la Diagonal, es un alarde de extravagancia barroca: su puerta de entrada es de lo mejor que uno puede encontrar en la ciudad.
Cuatro manzanas hacia el suroeste, Diagonal abajo, se encuentra una tardía floración de Gabriel Borrell y Manuel Sayrach, la Casa Sayrach, de 1918, cuya imperiosa fachada blanca, coronada por un templo con un tejado en esquina bien proporcionado, podría confundirse fácilmente, a simple vista, con una obra del estudio de Gaudí o un homenaje al maestro.
A treinta kilómetros al noroeste de Barcelona, en la ciudad industrial de Terrassa, el arquitecto Lluís Muncunill i Parellada creó una familia de edificios en la que destaca la Masía Freixa como el más imponente y hermoso. Blanco y con curvas pronunciadas, su estilo parece sorprendentemente contemporáneo, como salido de la estantería retro de Gaudí y casi como si fuera fruto de la nostalgia por una transición del art nouveau al art déco avant la lettre, o simplemente como un maravilloso ejercicio de fantasía posmodernista. Con Muncunill parecía posible que Gaudí hubiera creado un estilo singular que pudiera replicarse con facilidad. El ayudante de Gaudí, Jujol, su heredero natural, siempre había sido demasiado peculiar, brillante y excéntrico como para encajar en un estilo: siempre fue él mismo, y a veces incluso más exageradamente Gaudí que el propio Gaudí.
Al final, fue la llegada del estilo internacional y el vidrio y el acero de la Bauhaus —y del imperioso ángulo recto— lo que le cerró la puerta a Gaudí y lo empujó sin miramientos de vuelta al pasado, degradándolo y denigrándolo como un ejemplo paradigmático del kitsch y la extravagancia de finales del siglo xix, con todo su olor a humo e incienso.
Si Gaudí había prendido una cerilla, la plenitud de su resplandor y el aroma de su combustión todavía tardarían mucho en llegar.
Al otro lado del Atlántico, los Guastavino se habían apoderado de Nueva York con la volta catalana presente en Ellis Island, la puerta de entrada de los inmigrantes a Estados Unidos, y también en el emblemático Oyster Bar de la estación Grand Central y en la Casa del Estado de Massachusetts en el Boston Common.
En los años treinta, el arquitecto e ingeniero estructural hispanomexicano Félix Candela recogió el testigo de Gaudí al crear estructuras laminares onduladas que él denominó «cascarones». Sus hiperboloides y paraboloides constituían proezas geométricas de la construcción directamente salidas del armario de herramientas de Gaudí y que se modernizarían de forma ingeniosa para un mundo de posguerra menos ostentoso. Es posible que su obra más famosa fuera también la más sencilla: su Pabellón de Rayos Cósmicos de 1951 para la Universidad de Ciudad de México. Era puro Gaudí y una celebración de las esferas celestes.
El siguiente en la lista sería Oscar Niemeyer, el arquitecto brasileño de la ciudad de Brasilia, y de tanto más, que hizo su archiconocida declaración:
«Me atrae […] la curva que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las olas del mar y en el cuerpo de la mujer amada. Las curvas conforman todo el universo, el universo curvo de Einstein».
Gaudí nunca habría sido tan explícito y toda su pasión quedaba oculta tras una red de camuflaje —su red de seguridad— que él describía como su reverencia por el Gran Libro de la Naturaleza, la creación de Dios. Eternamente fascinante, eternamente fértil.
En la Cataluña de los años sesenta, la Gauche Divine, una élite cultural antifranquista, expresaba su resistencia al Régimen a través de la música, la poesía, el arte y la arquitectura. Si la resistencia se llevaba a cabo en público, se castigaba. Muchos encontraron formas de crear sus propios espacios sagrados de manera privada. Nadie lo haría en mayor medida que Xavier Corberó, cuyo padre había trabajado con Gaudí. Su extraordinario palacio-casa-mazmorra-locura dantesca a lo De Chirico y Piranesi en Esplugues de Llobregat, erigido sobre una colina formada por túneles de arcilla, a veces descrito como la Casa dels Cecs, es la respuesta libertina a la circunspección religiosa de Gaudí. Pero, curiosamente, como sucede con el marqués de Sade, está en sintonía con ella.
Las generaciones posteriores, y cada vez más las foráneas, sentirían inclinación por Gaudí. En 1984 hice un programa de la serie South Bank Show con Melvyn Bragg y el director de cine Nigel Wattis sobre el escultor británico sir Anthony Caro, el rey del metal en gran formato. Los debates sobre arte y arquitectura se habían desplazado lentamente desde la cuestión de si el color era apropiado en la escultura hasta qué definía la brecha entre escultura y arquitectura y, por tanto, qué definía el «espacio». Unos años después de haber trabajado en el documental, me encontré con Caro en la azotea de La Pedrera, con aire taciturno y un poco tímido. Al día siguiente, ocurrió otro tanto en la cripta Güell, donde Caro parecía incómodo, como si lo hubieran descubierto. Era evidente que Gaudí estaba ganando terreno.
Creo que es justo decir que la siguiente generación de estrellas de la arquitectura, como Santiago Calatrava, Zaha Hadid, Frank Gehry, Norman Foster y el estudio de arquitectura Coop Himmelb(l)au y le debe mucho a la capacidad de Gaudí para «esculpir el espacio».
El don de Gaudí consiste en comprender la escala y la emoción, también la capacidad de un edificio para inspirar y respirar. Hoy en día existen atajos para acceder a los últimos avances tecnológicos de gama alta, programas de diseño CAD, cortadoras láser de precisión, materiales radicalmente nuevos, sistemas de diseño pasivo que controlan el calor, la luz y el flujo de aire, envolturas climáticas fabricadas con vidrio aislante, energías renovables o el software BIM (Building Information Modelling), utilizado sobre todo por Zaha Hadid en el Aeropuerto Internacional de Pekín-Daxing, que se extiende como una gigantesca estrella de mar de la era espacial arrojada sobre la arena. Actualmente se da una maravillosa simbiosis, puesto que esas nuevas tecnologías contribuyen a completar un proyecto de construcción que comenzó hace casi ciento cincuenta años, en 1882: la impresionante Sagrada Familia.
Si bien los arquitectos de la nueva era se inspiraron en Gaudí, también es cierto que la fecha de finalización de la Sagrada Familia, sin la intervención de la firma global Arup y las nuevas tecnologías, se habría retrasado muchos años, posiblemente hasta bien entrada la década de 2040.
Jordi Faulí i Oller, el noveno arquitecto jefe que trabaja en la Sagrada Familia, se ha beneficiado enormemente de la capacidad de Arup para resolver problemas. Por una vez, los cálculos de Gaudí sobre la resistencia de los cimientos necesarios para la torre central de María resultaban, insólita y peligrosamente, un tanto inexactos. Gaudí no sería el primer arquitecto de la historia al que se le derrumbara la cúpula central, ni que se viera obligado, ante un riesgo potencial y como último recurso, a utilizar un corsé de enormes bandas metálicas. La Cúpula de la Roca en Jerusalén es un ejemplo perfecto. La cúpula del Duomo de Florencia, de Brunelleschi, es otro caso similar.
Utilizando el software Rhino 3D para modelado, Arup analizó la tensión por el peso añadido y la carga del viento, los terremotos y las vibraciones del tráfico y del metro, así como los túneles excavados para el AVE. Se encontró una solución mediante la creación de prefabricados fuera de la obra, de paneles precomprimidos y pretensados que respetaban el deseo de Gaudí de utilizar piedra arenisca, pero que resultaban más ligeros y podían atornillarse in situ.
Un hito importante en la historia reciente de la Sagrada Familia sería la consagración del edificio por el papa Benedicto XVI, quien declaró su condición de basílica el 7 de noviembre de 2010. El Papa había llegado esa mañana en avión desde Santiago de Compostela, cubriendo el viaje espiritual desde el lugar de peregrinación del segundo milenio hasta el nuevo lugar para el tercero. Fue una ocasión profundamente emotiva y con una poderosa resonancia simbólica para el mundo católico y más allá, tal como lo he descrito en mi libro La Sagrada Familia. El paraíso terrenal de Gaudí. Sin embargo, la obra sigue su curso y la cifra de visitantes se ha multiplicado hasta casi alcanzar los cinco millones al año.
Cuesta imaginar qué pensaría Gaudí al respecto. ¿Sentiría una incredulidad inicial atenuada por el orgullo? O tal vez la esperanza de que, al atraer a la gente al redil, su fe se viera revitalizada o renovada. Ni siquiera el genio de Gaudí ni el del urbanista Ildefons Cerdà, quien a mediados del siglo xix creó el Eixample, donde ahora se emplaza la Sagrada Familia, podrían haber pronosticado la polémica, la pesadilla logística y el quebradero de cabeza que supondría una afluencia de visitantes a semejante escala. Los barceloneses son conscientes de ello y me comentan a diario que su ciudad ha quedado completamente transformada por Gaudí.
Olvidemos por una vez todo el barullo, los empujones y los controles de seguridad dignos del aeropuerto a las puertas de la Sagrada Familia necesarios para recibir a más de trece mil visitantes al día. Rindámonos al asombro y situémonos ante la entrada central de la fachada del Nacimiento (la única que Gaudí vio terminada en vida… ¡o casi!). En el umbral entre el exterior y el interior cruzamos las gigantescas puertas de bronce verde oscuro de Etsurō Sotoo, inauguradas en 2015. Son triunfales a la par que delicadas, e infinitamente más logradas que la obra de Josep Maria Subirachs en la fachada de la Pasión, situada enfrente. Arte distinto para una época diferente.
Cuando cruzamos el umbral que da paso al interior de la Sagrada Familia, habremos de tener un corazón de piedra, o estar agobiados por el esnobismo arquitectónico, para no experimentar una inmensa sensación de asombro y sentir cómo se eleva la mirada, incluso tal vez cómo levanta el vuelo el espíritu. El efecto es similar a una revelación espacial. La escala, la luz, las columnas inclinadas, el vértigo, la impresionante altura: todo nos deja sin aliento. La luz y las sombras bailan ante nuestros ojos sobre la superficie de la piedra. Y la decoración de cada detalle planeado por Gaudí finalmente nos hace comprender por qué resulta tan atractivo para el gusto japonés.
El caso de Etsurō Sotoo, cuando llegó a Barcelona desde Kioto en 1978 y decidió dedicarse a trabajar como cantero en las obras de la Sagrada Familia, fue de lo más insólito. Quizá su ADN lo había conducido hasta allí sin que él lo supiera.
A finales del siglo xix, el japonismo estaba de moda entre la vanguardia europea, y muchos arquitectos modernistas, como Domènech i Montaner, buscaban inspiración en Oriente. Los grabados Ukiyo-e de Hokusai e Hiroshige, con sus extraños encuadres recortados como fotos, transformarían para siempre la perspectiva occidental. Fue solo al viajar a Japón y encontrarme cara a cara con su reverencia por el mundo natural cuando fui capaz de comprender la obsesión de Gaudí por su Gran Libro de la Naturaleza. O, ya puesto, de asimilar el deleite de Gaudí al percibir los patrones de la naturaleza: la secuencia de Fibonacci, el ritmo de los fractales y la geometría sagrada y la geometría del dolor. Es siempre en el rincón más oscuro o en la sombra donde reconocemos el poder de la luz. Como nos enseña Junichirō Tanizaki en El elogio de la sombra, su obra maestra de 1930 sobre la estética japonesa, debemos ser pacientes, estar atentos y observar. Debemos aprender no solo a mirar, sino también a escuchar el espacio, a oír su eco, y permitir que nuestro cuerpo interprete su volumen.
Para Gaudí, el sonido era importante. Incluso al final de su vida, asistía a clases para estudiar la hipnótica monodia del canto gregoriano. La música fue una constante en su vida, desde el incesante zumbido de las cigarras hasta el lento y monótono repicar de las campanas de la iglesia reverberando en los campos de Riudoms.
En los inicios de su carrera, Gaudí dio muestras de su sensibilidad ante el sonido de los edificios. En 1883, en el extravagante El Capricho, adornado con cientos de girasoles de cerámica, su imaginación se desbordó. Situado en el centro de Comillas, en la costa cántabra, fue una de las tres únicas obras del arquitecto fuera de Cataluña. Máximo Díaz de Quijano, su cliente, era un indiano adinerado: empresario, político, dandy, músico aficionado y compositor ocasional íntimamente emparentado con el clan Comillas. Fue una tragedia que Díaz de Quijano muriera antes de que se finalizara su Capricho. De haber vivido, habría disfrutado del placer de abrir y cerrar las contraventanas correderas de su sala de música en un caluroso día de verano. El intrincado mecanismo para hacerlo se había acoplado a unas campanas ocultas dentro de la caja de un carillón improvisado, dando lugar a una deliciosa melodía para despertarse.
Unos años más tarde, en 1900, Gaudí aceptó el encargo de construir Bellesguard, una alta villa con almenas y castillo en las estribaciones de Barcelona. En la azotea, normalmente destinada a tender a secar la colada o, en una masía tradicional catalana, a proteger del zorro a gallinas y conejos, creó una sala de música para los clientes, con una delicada bóveda de crucería tan intrincada y perfecta como un concierto de Brandeburgo de Johann Sebastian Bach.
Sin embargo, yo era casi completamente sordo a la sensibilidad musical de Gaudí. Sabía, por supuesto, que deseaba que el viento silbara a través de las torres de la Sagrada Familia para hacer sonar las campanas tubulares, y escribí al respecto, pero sabía muy poco sobre su interés por la acústica.
De manera inesperada, en el otoño de 2023, se puso en contacto conmigo una pareja de Boston formada por Patrick Mitchell y Renee Chan. Les encantaba Gaudí y tenían un sueño. Durante un par de meses trabajé para ellos como asesor histórico en un proyecto realmente inspirador para celebrar el centenario de Gaudí el 10 de junio de 2026 con una sinfonía encargada especialmente para la ocasión. A partir de su sueño inicial, mi primera participación consistió en poner al día al equipo de compositor y libretista. Desde las paredes azotadas por el viento que rodean el afloramiento rocoso de la ermita Mare de Déu de la Roca, en Mont-roig del Camp, una inspiración evidente para La Pedrera, hicimos un recorrido por la vida creativa de Gaudí. El taller de su padre, el Mas de la Calderera, en Riudoms, era donde forjaba los alambiques de cobre para destilar brandy. Cada tamaño y forma debía tener su registro particular —hueco, resonante, sordo, cantarín— dependiendo de dónde trabajara con su martillo. Pero yo no iba a contribuir a ese proyecto con mis conocimientos de acústica: podía aportar la percepción de las sensaciones que transmitían los aromas y el lugar en sí, pero nada significativo sobre la ciencia del sonido. La ciencia es mi talón de Aquiles.
El mejor ingeniero acústico del mundo era entonces Lothar Cremer, que trabajaba a menudo en España asesorando al arquitecto García de Paredes como consultor de sonido en algunos de los recintos más prestigiosos, como el Auditorio Nacional de Madrid, el Auditorio Manuel de Falla de Granada y el Palau de la Música de Valencia. Profesor emérito de la Universidad Técnica de Berlín, Lothar Cremer había transformado teatros de ópera y salas de conciertos de todo el mundo, incluida la Ópera de Sídney. Su alumno estrella, el físico e ingeniero acústico catalán Higini Arau Puchades, ayudaría a Oscar Tusquets a renovar, restaurar y replantear desde cero el emblemático Palau de la Música de Domènech i Montaner en Barcelona.
El sueño de Patrick y Renee finalmente se ha hecho realidad. El 10 de junio de 2026, en el Palau de la Música, obra maestra de Domènech i Montaner, tendrá lugar el estreno mundial de Set Somnis de Gaudí con tres coros completos del Orfeó Català y la Orquesta Philharmonia de Londres. La directora es la mundialmente famosa Marin Alsop, alumna estrella de Leonard Bernstein y primera directora en recibir la beca MacArthur. La soprano es la excepcional Núria Real, ganadora de numerosos premios, entre ellos el de Joven Artista del Año. La compositora es la dinámica Olivia Pérez-Collellmir, pianista catalana basada en el Berklee College of Music de Boston. Lo más emocionante para mí, como escritor, ha sido descubrir que será la libretista Anna Gual, una de las poetas más importantes de Cataluña, recientemente traducida al inglés, quien transformará el legado de Ausiàs March, Jacint Verdaguer y Salvador Espriu y nos hará replantearnos la voz única de Gaudí. Sus conversaciones rara vez se grabaron. Sus pensamientos eran concisos y profundos: «Ser original consiste en volver a los orígenes».
Estoy convencido de que Anna Gual sabrá dar forma a esa voz.
Durante los dos últimos decenios he tenido la suerte de recorrer España docenas de veces al año en busca de maravillas arquitectónicas, y a menudo me he detenido a pensar si Gaudí estaría a mi vera, viendo lo mismo que yo. Cuando era un joven aspirante a arquitecto, Gaudí realizó una gira relámpago por los mejores edificios de España, con su cornucopia de estilos, desde el romano, pasando por el visigodo, el morisco, el prerrománico, el gótico, el renacentista híbrido, el estilo herreriano, el barroco churrigueresco, el neoclasicismo austero de Ventura Rodríguez y muchos más. Creo que Gaudí, al igual que Picasso, tenía una memoria visual extraordinaria; devoraba fotos, planos y grabados, así como las revistas de arquitectura de la época de Francia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, mientras estudiaba con avidez los catálogos de las exposiciones universales y las grandes ferias que celebraban la nueva industria, las nuevas y exóticas posibilidades y la diversidad que traía consigo el Imperio.
En Santa María del Mar, un milagro de piedra y poderío acústico en Barcelona, a pocos minutos de su alojamiento como estudiante, Gaudí encontró su iglesia parroquial y su piedra angular. Pero necesitaba ir más allá. En la catedral de Burgos me encanta contemplar la sensual elegancia del techo de tracería de la capilla del Condestable, donde los pilares se entrecruzan y recortan con delicadeza un triángulo de espacio; Gaudí tuvo que haber estado ahí. Veo la cascada de piedra de la catedral de Rodrigo Gil de Hontañon en Segovia, salpicada por enormes remates como minaretes, como si se tratara de meros adornos en una tarta de boda gigante. La mezquita de Córdoba, al menos para mí, es asimismo una de las maravillas del mundo. Y la catedral de León, con su increíble sinfonía de luz, me asombra cada vez que la veo. Todo eso debió de presenciarlo Gaudí; debió de dejar constancia de todo ello para consultarlo y utilizarlo más adelante.
Hay otros aspectos de la vida de Gaudí que deberíamos estudiar con mayor profundidad. Gracias al fascinante libro de Raquel Lacuesta Contreras y Xavier González Toran, Eusebi Güell i Bacigalupi. Poder, catalanitat, cultura, art, sabemos más cosas sobre la fascinante familia Güell, así como del papel primordial que desempeñaron las mujeres Güell y Comillas en la vida cultural como compositoras y escritoras, siempre participando en debates y manteniéndose al día en la moda y el arte al tiempo que salvaban la fina línea entre el protofeminismo, la filantropía y la religiosidad. Nada podría ilustrar mejor esa aparente paradoja que la estrecha relación entre la cosmopolita Isabell Güell, consumada compositora de treinta cuatro obras, y su prima sor Eulàlia Anzizu, escritora, historiadora y monja piadosa, una luz brillante en el Real Monasterio de Pedralbes.
No me cabe duda de que Gaudí era un católico devoto. Como le ocurre a cualquier cristiano genuino, las tragedias personales pusieron a prueba su fe. Debemos recordar que Gaudí vivió un periodo de grandes convulsiones sociales, a veces catastróficas. La última década de su vida se simplificó de manera radical y se redujo a una impresionante profundidad de concentración en su obra definitiva, la Sagrada Familia. Creo que es acertado afirmar que su trabajo, en sí mismo, era una forma de oración de igual modo que cualquier monje cartujo podría rezar a Dios mientras lija una tabla de madera hasta dejarla perfectamente lisa o una monja carmelita rezar a Jesús mientras borda un paño de la seda más fina.
Sospecho que si pudiéramos observar a Gaudí muy concentrado y aparentemente distraído y ajeno al mundo, sumido en su trabajo, luchando por resolver un problema estructural, seríamos capaces de leerle los labios y oírlo murmurar un mantra, la liturgia de las horas o una simple oración. Esto es pura especulación, pero podemos estar seguros de que el patrón de cada jornada de Gaudí, en los últimos años de su vida, se había reducido por fin a lo absolutamente esencial: una simplicidad monástica de rezos, trabajo, confesión y una oración final antes de cerrar los ojos.
El lunes 14 de abril de 2025, en uno de sus últimos actos antes de fallecer, el papa Francisco declaró a Antoni Gaudí «venerable», el último paso en el camino hacia la santidad.
Esta es la extraordinaria historia de un niño sentado en el lecho seco de un río en Riudoms, maravillado ante la inflorescencia de un girasol y viendo cómo los flósculos en su interior evolucionaban y brotaban. Y ahora, finalmente, al cabo de más de ciento sesenta años, Gaudí avanza hacia su apoteosis final como «arquitecto de Dios» y podría llegar a ser inmortalizado como el primer santo patrón de las artes.

